El ocaso del gran mogote, óleo sobre lienzo, Hanoi Martínez León


El paisaje para lo cubano, más que su marca de identidad, es su orgullo. Signado por el azul de mar y cielo, ocre de tierra sanguínea y verde de montes y campos en verano perpetuo. Congestiona la visualidad de un país que se defiende de la depredación moderna y resguarda como memoria afectiva su horizonte. No es la selva brava o el desierto abrasador; es más bien la suavidad de la llanura, el río transparente y lento, el lomerío de vegetación tranquila que dan una paleta múltiple y serena. Es por ello que dentro de las artes plásticas pintar la magia de su paisaje no sea un fenómeno nada extraño. El valor está en la diferencia.

Cuando hace 7 años conocí a Hanoi Martínez León y me encontré con su pintura estuve seguro entonces de que no era uno más dentro de la comunidad de pintores que abocaban el paisaje como forma de expresión. Es posible que llegara al concierto plástico con referencias sacadas de viejos catálogos importados de Rusia en la década de los 80, de una muy buena calidad de impresión y que algunos atesoran aún en sus bibliotecas. De todo lo visto escogió el paisaje muy bien representado en esa cultura y en la nuestra. Pintura suprema la Rusa pero nada que ver con Cuba y de ahí viene el valor de Hanoi Martínez, porque a la perfección de la academia Rusa, solo adivinada en imágenes , Hanoi tuvo que descubrir a golpe de trabajo la Luz de Cuba, que es y no es el trópico, que es y no es la insularidad, y buscar en su imaginario los retazos de realidad que ilustraría en un pedazo de lienzo.

Los pedazos recogidos en su imaginario, conformados como un rompecabezas y llevados al lienzo en una de las más difíciles técnicas con las que se trabaja la pintura crea este artista su propio vergel. Espátula en mano asalta Hanoi el rectángulo que recibe sin opción, pero sin quejas la ilustración, un pincel para marcar intenciones y llegar al detalle más intimo, con una meticulosidad que se extiende siempre en busca de la maestría. No hay pretensión falsa en este artista, solo deseos y curiosidad, por eso pudo llegar tan joven al lugar que a muchos les cuesta años de magisterio, al lugar donde se guarda la luz de Cuba. Alguien habló un día de trabajo a partir de fotografías y creo recordar la sonrisa irónica de Hanoi. Todo está en su dentro, luz, composición, texturas, ritmo, experiencias propias y metas. Nada existe en la naturaleza, o tal vez sí, ya a partir de Hanoi comienza a existir.

Es sobre todo naturaleza vegetal, ausente de vida animal, sin embargo no es su trabajo estático, la vida vibra en cada tono, se multiplica y se impone en el valor de la composición, es la imagen del lugar donde la pregunta presente en cada obra de arte aquí cae por su propio peso. Es este joven pintor meticuloso en extremo con su obra y su imagen por ello se exige más cada día. Sin concesión con lo banal o lo fácil. Siempre buscando dentro del equilibrio, la perfección. Logrando en cada trabajo crear un espacio de paz, tal vez el lugar que todos merecemos.

Es Hanoi sin dudas uno de los exponentes más sólidos del paisaje entre los jóvenes artistas que habitan la ciudad, es exponente habitual de las exposiciones colectivas y salones de paisajes que se celebran en la Habana , también se ha destacado como parte de los artistas que colaboran con proyectos comunitarios. Solo alguien con esa especial sensibilidad por la vida y por quienes lo rodean puede pintar el rostro de la paz de todos desde la suya propia.

Ciudad de la Habana, 18/03/08

Manuel Ávila González

1 comentarios:

Dano dijo...

Me encantó. Capta la esencia de la naturaleza americana, creo que puedo escuchar el silencio sagrado de ese paraíso.